lunes, 22 de septiembre de 2014

La Olla Podrida

Plaza de la Catedral, Oviedo (Asturias). En primer término la escultura de La Regenta.
«La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de polluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo, se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegados a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo. Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida».

Magistral comienzo de La Regenta , la obra maestra de Leopoldo Alas "Clarín". La novela es uno de los exponentes del naturalismo y del realismo literario, basados en reflejar la realidad tal y como es, en reproducirla con una objetividad documental en todos sus aspectos, tanto en los más sublimes como los más vulgares. Ventusca está inspirada en la ciudad de Oviedo. El autor se sirve de la ciudad como símbolo de la vulgaridad, la incultura, el fariseísmo, la podredumbre y la miseria moral. Causó polémica siendo censurada por el obispo de Oviedo después de publicarse. Posteriormente, décadas después y durante la dictadura franquista también fue cesurada y vetada. 
Aunque, en rigor,  no es una novela histórica,  describe muy bien  el marco histórico y social de la España de la Restauración en una ciudad de provincias, donde impera la corrupción y el caciquismo, la decadente aristocracia y el auge de la burquesía y el anticlericarismo.  Una novela psicológica  con un retrato despiadado de la condición humana; con más de un centenar de personajes donde el autor hace un certero análisis aplicando el bisturí dejándonos ver las entrañas de cada uno de ellos, desnudando sus almas, no sólo ante el lector, sino ante ellos mismos. En un ambiente social  cerrado, opresor, putrefacto de corrupción moral, deprimente, infame, vanidoso, cínico e hipócrita donde sólo importan las apariencias,  se mueve y se ve atrapada la protagonista principal, Ana Ozores, que junto a Fermín de Pas son los personajes de más intensa  y densa vida interior.

"El marqués de Vegallana era en Ventusca el jefe del partido más reaccionario entre los dinásticos. El favorito actual era (¡oh escándalo del juego natural de las instituciones y del turno pacífico¡) ni más ni menos don Alvaro Mesía, el jefe del partido liberal dinástico. Pero éste, como un jugador de ajedrez que juega sólo, lo mismo se interesa por los blancos que por los negros, Eran panes prestados. Si mandaban los del Marqués, don Álvaro repartía estanquillos, comisiones y licencias de caza, y a menudo algo más suculento, como si fueran gobierno los suyos; pero cuando venían los liberales el Marqués de Vegallana seguía siendo árbitro en las elecciones, gracias a Mesía, y daba estanquillos, empleos y hasta probendas. Así era el turno pacífico en Ventusca, a pesar de las apariencias de encarnizada discordia. Los soldados de filas, como se llamaban ellos, se apaleaban allá en las aldeas, y los jefes se entendían, eran uña y carne. Los más listos algo sospechaban, pero no se protestaba, se procuraba sacar tajada doble, aprovechando el secreto. Vegallana era cacique honorario; el cacique en funciones, su mano derecha, Mesía."

"Las bellas ventustenses , como dice el galletillero de El Lábalo, no saben salir de las tiendas de modas.  Los señoritos se pasean por la acera dispuntando en voz alta para anunciar su presencia. Gozan la ilusión de creerse en otra parte sin salir de su pueblo. Tienen la necesidad de verse y codearse, y oir ruido humano. Es de notar que los vestustenses se aman y se aborrecen; se necesitan y se desprecian. La aparente cordialidad y la alegría expansiva de todos oculta un fondo de rencores y envidias. Uno por uno los vestustenses maldicen de sus conciudadanos, pero defienden el carácter del pueblo en masa. En el casino acontecía lo que es ley general en todos los corrillos. Entre todos murmuraban de los ausentes, como si ellos no tuvieran defectos, estuvieran en el justo medio de todo y en la vida hubieran de separarse. Pero marchaba uno, y los demás le guardaban el respeto por algunos minutos. Cuando ya debía estar en casa el temerario, algunos de los que quedaban decía de repente, 'como ese otro'. Y todos sabían de aquel gesto de señalar a la puerta y tales palabras significaban: ¡Fuego graneado¡.  Y no le quedaba hueso saneado a ese otro. En particular 'las personas decentes' de palcos principales y pateas, que no iban al teatro a ver la función, sino a mirarse y despellejarse de lejos. En opinión de la dama ventustense, en general, el arte dramático es un pretexto para pasar tres horas cada dos noches observando trapos y los trapicheos de sus amigas y vecinas"

El único personaje noble que mantiene su libertad, integridad y dignidad a salvo es precisamente Frígilis, un personaje tomado por todos como un loco, al que no le gusta el teatro, ni se muestra ni pavonea en la vida social como los demás ;un cazador, naturalista y amante de la naturaleza que casi nunca está en la ciudad.

"Así la influencia de la filosofía naturalista de Frígilis llegó al alma de Quintanar por aluvión: insensiblemente se le fueron pegando al cerebro las ideas de aquel buen hombre, de quien los ventustenses decían que era un chiflado, un tontiloco. Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza de espítitu. 'La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El oidium consumía la uva, las patatas tenían su peste, vacas y cerdos las suyas; es ventustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pistón, ¿qué culpa tenía él?' Frígilis disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huia del contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería. Visitaba pocas casas y muchas huertas; sus grandes conocimientos  y práctica hábil en arboricultura y floricultura, le hacía árbitros de todos los parques y jardines del pueblo; conocía hoja por hoja la huerta del marqués de Corujedo, había plantado árboles en la de Vegallana, visitaba de tarde en tarde el jardín de Petronilla; pero no conocía de vista al Gran Constantino, al obispo madre, ni había entrado jamás al gabinete de doña Rufina, ni tenía con el marqués de Coruedo más trato que el del Casino.
(...) A  don Tomás le llamaban Frígilis, porque, si se le refería un desliz de los que suelen castigar los pueblos con hipócritas apavientos de moralidad asustadiza, él se encogía de hombros, no por indiferencia, sino por filosofía, y exclamaba sonriendo: Qué quieren ustedes? Somos frígilis; como decía el otro. Frígiles quería decir frágiles. Era sagaz en buscar el bien en el fondo de las almas, y había adivinado en Anita tesoros espirituales. 'Mire usted, don Víctor -le decía a su amigo- esa niña merece un rey, y por lo menos un magistrado que pronto será Regente, como usted. Figúrese usted una mina de oro en un país donde nadie sabe explotar las minas de oro; eso es Anita en mi querida Ventusca. En Ventusca lo mejor es el arbolado. Anita es una mujer de primer orden. ¿Ve usted qué hermoso es su cuerpecito que le tiene a usted hecho un caramelo? Pues cuando vea usted su alma, se derretirá como ese caramelo puesto al sol. Un alma buena no es más que un alma sana; la bondad nace de la salud...sólo creo en la bondad de la naturaleza; a un árbol la salud ha de entrarle por las raíces...pues es lo mismo, el alma...' Y seguía filosofando para venir a parar en que Anita era la mejor muchacha del Ventusca: tenía ideas puras, nobles, elevadas y hasta poéticas."

Ana Ozores de Quintanar, mujer de singular belleza y pureza, a la que todos llaman con respeto y admiración la Regenta, por estar casada con el ex-regente de la audiencia don Victor de Quintanar, y a la que se refieren como " la perfecta casada" o la mujer " inexpugnable" incapaz de caer en pecado. Huérfana de madre, con un padre noble venido a menos librepensador, republicano y que casi no pudo hacerse cargo de ella, tuvo quna infancia dura y difícil: criada primero por una despreciable y cruel aya opresora,  y después por unas tías arpías y beatas cargadas de  prejuicios, se ve forzada -para no aceptar el matrimonio de conveniencia que le tienen preparado- a encadenarse por el sagrado sacramento a un hombre mucho mayor que ella al que le procesa cariño y una amor casi paternal y al que entrega los mejores años de su vida y lozanía, pero él dedica más atención a la caza, a las comedias de capa y espada que a ella, además de a su criada Petra. En la vida de la joven Anita todo es tristeza y monotonía, sintiendo que se ahoga en en entorno mediocre y apagado en el que le ha tocado pasar sus días. Pero además de una mujer bella es una mujer sumamente compleja de altos ideales y anhelos románticos, que tiene cohibidos y sólo se rebela a sí misma, hasta que llega el día en que le asignan un nuevo confesor, don Fermín de Pas, el Provisor y hombre más poderoso de Vetusta, admirado y al mismo tiempo odiado, y que será su padre espiritual, hermano mayor del alma y que la guiará en el camino de la virtud. Pero no es sólo la fe lo que se oculta en el corazón de la Regenta, sino también el amor pasional, oculto y pecaminoso que siente por el lechuguino dandy Álvaro Mesía, el cacique local, presidente del casino y galán con fama de don Juan Tenorio y que él mismo alardea ante los demás de sus conquistas amorosas de criadas, aldeanas y mujeres casadas de la alta sociedad. 

"Ana Ozores es la mujer ideal. Tiene todo aquello a lo que puede aspirar una mujer de su clase. Es guapa, modélica y casta en los dos sentidos de la palabra. Los hombres la idolatran, las mujeres la admiran y a unos y a otras les molesta que sea tan perfecta porque les recuerda que ellos no lo son. La Regenta no es una mujer cualquiera, pero a media ciudad le gustaría verla convertida en una cualquiera. Sobre todo sus amigas de la alta sociedad, damas linajudas de rango y copete, pues todas ellas ya han probado en sus carnes los placeres de la lujuria adúltera y sueñan con que Ana caiga al lado oscuro como han caído todas.

Pero también Vetusta es, por tanto, la verdadera protagonista de la historia. A pesar de estar inspirada en Oviedo podría ser cualquier ciudad de provincias de aquel siglo o del nuestro, que conserva aún muchos de los vicios y defectos más de cien años después. No es una novela que pretenda hacer amigos: su autor, Leopoldo Alas «Clarín» carga las tintas contra la Iglesia y contra los ateos, contra los caciques y contra los obreros, contra los señores y contra los criados, contra las mujeres y contra los hombres. En el fondo, la historia de Ana Ozores es una excusa —deliciosa, pero excusa a fin de cuentas— para construir una tremenda crítica a todos los estamentos de una sociedad rancia cuya medicina es un aire nuevo que nadie sabe, quiere o puede proporcionar.

Entre los muchos aciertos de la novela hay que destacar el ojo sagaz del autor para hurgar en la psicología pero también en los hechos. Nos gustan, sí, las historias en las que nos plantean las razones por las que los personajes actúan como actúan, ¿verdad? De ese modo nos da la sensación de que el autor sabe cómo hacer para que el malvado nos parezca noble. Pues Clarín le da una hermosa vuelta de tuerca a todo eso diseccionando a cada uno de los personajes para mostrarnos su descontento con toda la sociedad. Al terminar La Regenta, el lector se queda con la sensación de que el autor no está de parte de ninguno. Tan solo un personaje se libra de la quema [Frígilis] y no es casual que sea el que menos afín se siente con la vida en la ciudad, el que más ganas tiene de alejarse del mundanal ruido de la Vetusta/España caciquil y mohosa."



La  olla podrida es, como se sabe, un guiso de nombre añejo y difícil digestión. Ya Cervantes, antes que "Clarín" la vinculó - aunque de manera irónica- con la politica nacional: "no hay cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida. Allá las ollas podridas para los canónigos o para los rectores de de colegios o para las bodas labrodescas, y déjennos libres las mesas de los gobernadores" (El Quijote).

"Ventusca, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión  del cocido y de la olla podrida". En la alusión a la "olla podrida"  se dice metafóricamente mucho más de lo que se aparenta. Está describiendo esa Ventusca del último tercio del siglo XIX en plena Restauración borbónica. En esa Ventusca decimonómica, que es España, estamos, seguimos estando.

La lectura la hice en una edicion en e-book con prólogo de Benito Pérez Galdós, otro escritor representante de la novela realista y amigo del autor de La Regenta. Hay un fragmento del libro de Benito Pérez-Galdós "La fe nacional y otros escritos sobre España" publicado en 1912 y que hoy, más de un siglo después, tiene plena vigencia:


"Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos... Si nada se puede esperar de las turbas monárquicas, tampoco debemos tener fe en la grey revolucionaria (...) No creo ni en los revolucionarios de nuevo cuño ni en los antediluvianos (...) La España que aspira a un cambio radical y violento de la política se está quedando, a mi entender, tan anémica como la otra. Han de pasar años, tal vez lustros, antes de que este Régimen, atacado de tuberculosis ética, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental"

En un libro de viajes de Katharina Lee Bates, CARRETERAS Y CAMINOS DE ESPAÑA  del año 1900 se puede encontrar este texto: "Esta es una de las características más tristes y descorazonadoras de la situación", nos comentó un español: 'Es una insensatez, no se dan cuenta de la crisis nacional. Los políticos no se preocupan más que de enriquecerse y al pueblo, ya lo ve, no le preocupa nada más que divertirse'."


Enormes palalelismos con la España de las últimas décadas. Ya inmersos en la segunda década del siglo XXI, nada ha cambiado, todo sigue igual y con la misma mentalidad: podredumbre, caciquismo, corrupción, ignorancia, incultura, banalidad y frivolidad. Eso sí tenemos grandes y modernas infraestucturas de lujo: de autopistas que no llevan a ninguna parte, aeropuertos sin aviones, AVEs sin pasajeros; alta tecnología digital de importación en forma de televisores de plasmas HD, tables, smarthphones con conexiones 4G a internet que nos sirven para estar conectados a los medios de desinformación, manipulación, propaganda y fútbol que fomentan además la nadería, las banalidades y frivolidades.  Una sociedad  mediocre y sin valores cada vez más desinformada y manipulada; más ignorante e inculta; más pueril e infantilizada.


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miércoles, 20 de noviembre de 2013

ESPAÑA: El país que se perdió el respeto a sí mismo

No es un sueño, no; es peor
* "Escuchando el debate sobre la decadencia de España podría llegarse a la conclusión de que ocurrió por accidente, que fuimos atropellados por el infortunio. Se habla de los corruptos como si fueran extraterrestres llegados de un universo lejano. Miramos al exterior y envidiamos a los políticos de otros países, sorprendidos por su estatura moral incluso a la hora de reconocer el error y renunciar. Nos preguntamos por qué tenemos que conformarnos nosotros con los mediocres, los cobardes y los golfos. Nos los eligen en Finlandia ¿No será que son reflejo de la sociedad?
España se mira al espejo y no se gusta, pero tampoco parece dispuesta a hacer nada por cambiar. Clama contra los políticos, pero vota a los de siempre. Se indigna ante la corrupción, pero pregunta si puede pagar en negro. Detesta el nepotismo, pero qué hay de lo de mi sobrino. Pide cultura, pero premia con las mejores audiencias la televisión más zafia. Y exige respeto, aunque hace tiempo que se lo perdió a sí misma.

Puede ocurrir que por traspiés de la historia, conflictos varios o mala fortuna tu país acabe en manos de Franco en lugar de Churchill. Pero nada de ello trajo la reelección de Zapatero, a Rajoy o a los glotones que ocupan desde hace lustros comunidades y ayuntamientos. Lo hizo el voto consciente de los ciudadanos. Los valencianos que dan la mayoría absoluta al PP semanas después de que sus dirigentes sean imputados por corrupción. Los andaluces que siguen apoyando a quienes desde el PSOE han convertido la región en un cortijo de corrupción, derroche y caciquismo. La España, desde Ceuta a Orense, que dice en las encuestas que volvería a apoyar masivamente el bipartidismo que ha parasitado todas las instituciones, poniéndolas a su servicio.
El resultado es esta España donde el presidente es incapaz de reunir siquiera el coraje para enfrentarse a las preguntas de un grupo de periodistas cuando es acusado de corrupción. La de los ex presidentes Felipe González y José María Aznar, cobrando como consejeros de grandes empresas sobre las que legislaron cuando estaban en el poder. La de Rodríguez Zapatero, que llegó a dirigir la nación con un currículo que no le habría servido para encontrar trabajo en una empresa familiar. La de Ana Botella, que en su mayor crisis al frente de la alcaldía de la capital, y mientras familias madrileñas enterraban a sus hijas, buscó un spa donde relajarse en Portugal. La España del rey que dice que es hora de apretar los dientes, antes de fugarse con su “amiga entrañable” a cazar elefantes a África. La de quienes otorgan trato de favor a Emilio Botín para que regularice 2.000 millones de euros que su familia tenía en Suiza, pero exprimen hasta el último céntimo a quienes no pueden pagarse un autobús a Zúrich. La España de Bárcenas, amasando 22 millones de euros cuando hacía las cuentas del partido en el gobierno, al parecer sin que ninguno de sus dirigentes se diera cuenta. La de los 300 cargos públicos imputados por casos de corrupción que probablemente serán reelegidos por esta España que luego se preguntará qué hizo para merecerlos."

* El país que se perdió el respeto a sí mísmo by David Jiménez


* "Uno de los beneficios de vivir en el exilio es no tener que soportar a la chusma que ha ocuapado la política, la televisión y la vida pública. Pero he aquí que en mis últimos viajes a España encuentro cada vez menos gente que la identifique como tal.(...) Sabes que tu país ha entrado definitivamente en decadencia, una difícilmente reversible, cuando pierde la higiene más básica y su basura empieza a acumularse sin que nadie haga nada por recogerla.(...) Normalizada por el subconsciente, y el desparpajo con el que se exhibe desde hace tiempo, la basura ni siquiera molesta. Y si no existe, ¿por qué deshacerse de ella?
Todo lo que era sólido... / España: Destino Tercer Mundo
Llegado a ese punto el político más ladrón puede confiar en su reelección, porque no se espera otra cosa de él; el periodista más cateto se convierte en imprescindible de las tertulias, tratado con honores de gran estadista; el deportista dopado sigue escuchando los aplausos, admirado por el chovinismo más rancio; y personajes del zoológico televisivo centran la conversación en medios y bares, superado el espanto que producían en sus comienzos. La basura pasa a ser inodora e invisible, caviar a los ojos de muchos. Y es entre la confortable mayoría que ha dejado de advertir su presencia, (...) que es posible regodearse en ella. E incluso celebrarla.

Todo indica que la cosa no tiene remedio. El país ha sido gobernado durante décadas por dos partidos que han prostituido todas las instituciones que podrían poner control a sus excesos, beneficiado sistemáticamente a sus amigos, derrochado el dinero que se puso en sus manos para construir una sanidad y una educación dignas, puesto sus intereses partidistas por encima de los 191 muertos del atentado de los trenes de Madrid o pactado -sin tener ni siquiera que hacerlo- para que la crisis económica afecte a todo el mundo menos a ellos y a la oligarquía económica con la que están hermanados. ¿Qué le parece todo esto a la mayoría de los españoles? Ambos partidos sumarían todavía hoy más del 60% de los votos en unas elecciones, según las últimas encuestas.

Hablamos de los mismos partidos que controlan autonomías que han saqueado sin disimulo, como Valencia o Andalucía. Que se ríen de los ciudadanos aprobando leyes de transparencia opacas o agendas anticorrupción que garantizan la continuación de las prebendas. Que siguen embolsándose subsidios millonarios a costa del erario y expandiendo la casta de enchufados que ocupa cada despacho e institución. Pero no importa: uno de esos partidos ha convencido a media España de que la culpa la tiene el otro. Y viceversa.

Que tan conveniente farsa haya sido asumida por tanta gente, durante tanto tiempo, solo puede deberse a que el país sufre una variante grave del síndrome de Diógenes, ese trastorno que hace que las personas abandonen su higiene personal y acumulen desperdicios en sus hogares hasta convertirlos en vertederos. Solo así puede salir la alcaldesa de la capital, cuyo casco viejo es una pocilga, y responder a las críticas diciendo que el problema es que los ciudadanos se han acostumbrado a un “nivel de limpieza muy alto”. Ana Botella pedía a los últimos que resisten, a aquellos que todavía aspiran a vivir sin basura a su alrededor, que la acepten y asuman que está aquí para quedarse. Que la celebren, incluso."
  
*Celebración de la Basura by David Jiménez


* " - España es un país históricamente enfermo. Se ve muy bien en cuanto escarbas un poco en la historia (...)  indigna su incultura, su falta de espíritu crítico. (...) El problema es que España es un país inculto, España es un país gozosamente inculto, es un país deliberadamente inculto, que disfruta siendo inculto, que hace ya mucho tiempo que alardea de ser inculto, - Sí, el español es históricamente un hijo de puta...
 
(...) ¿Sabes realmente cuál es mi lamento histórico? Es que aquí nos faltó una guillotina al final del siglo XVIII. El problema de España, a diferencia de Francia, es que no hubo una guillotina en la Puerta del Sol que le picara el billete a los curas, a los reyes, a los obispos y a los aristócratas... y al que no quisiera ser libre le obligara a ser libre a la fuerza. Nos faltó eso, pasar por la cuchilla a media España para hacer libre a la otra media. Eso lo hemos hecho luego, hemos fusilado tarde y mal, y no ha servido de nada. El momento histórico era ése, el final del XVIII. Las cabezas de Carlos IV y de Fernando VII en un cesto, y de paso las de algunos obispos y unos cuantos más, habrían cambiado mucho, y para bien, la Historia de España. Nadie lo hizo, perdimos la ocasión, y aquí seguimos todavía, arrastrando ese lastre que nos dejaron aquellos que sobrevivieron y que no tenían que haber sobrevivido."

(...)
"Esta sociedad anestesiada, egoísta, que a pesar de la que está cayendo fuera y dentro sigue sin querer enterarse de en qué peligroso mundo vive, está empeñada en que nadie le altere el pulso. En que no la despierten de su imbécil sueño suicida. Lo que pide, o exige, es VIVIR CÓMODAMENTE SENTADA EN EL SOFÁ, ZAPEANDO ENTRE ANUNCIOS CON GENTE QUE BAILA Y SONRÍE, SÁLVAME Y EL PUTO FÚTBOL"

(...)
Siempre sostuve, porque así me lo dijeron de niño, que los únicos antídotos contra la estupidez y la barbarie son la educación y la cultura. Que, incluso con urnas, nunca hay democracia sin votantes cultos y lúcidos. Y que los pueblos analfabetos nunca serán libres, pues su ignorancia y su abulia política los convierten en borregos propicios a cualquier esquilador astuto, a cualquier lobo hambriento, a cualquier manipulador malvado. También en torpes animales peligrosos para sí mismos. En lamentables suicidas sociales. 


(...) Quizá esa Historia que casi nadie enseña en los colegios pueda explicarlo: ocho siglos de moros y cristianos, el peso de la Inquisición con sus delaciones y envidias, la infame calidad moral de reyes y gobernantes. Pero no estoy seguro. Esa saña que lo mismo se manifiesta en una discusión política que entre cuñados y hermanos en una cena de Navidad es tan española, tan nuestra, que me pregunto quién nos metió en la sangre su cochina simiente. Desde ese punto de vista, el español es por naturaleza un perfecto hijo de puta. Por eso necesitamos tanto lo que no tenemos: gobernantes lúcidos, sabios sin complejos que hablen a los españoles mirándonos a los ojos, sin mentir sobre nuestra naturaleza y asumiendo el coste político que eso significa." (Arturo Pérez Reverte)

lunes, 9 de septiembre de 2013

TODO MUCHO MÁS CLARO

"Ser bueno, ¿quién no lo desearía? Pero sobre este triste planeta, los medios son restringidos. El hombre es brutal y pequeño. ¿Quién no querría, por ejemplo, ser honesto? Pero ¿se dan las circunstancias? ¡No! ellas no se dan aquí”.
ESPAÑA: El país que se perdió el respeto a sí mismo
Estas acertadas palabras de Bertolt Brecht deberían hacer despertar a quienes en forma silente, y por tanto cómplice, asisten a la escenificación de la caída de los valores, la justificación de la mentira, la negación de la honestidad política y la desaparición de la decencia en el quehacer público en España. 
Cada vez cuesta más comprender la indiferencia de un gran número de españoles y españolas que aceptan estoicamente, o bien jalean y justifican, los escándalos de corrupción y latrocinio de los servidores públicos como si fuera algo normal que forma parte de nuestra cotidianeidad. Hasta tal punto ha llegado ese pasotismo, que ese contingente, alarmantemente alto, acepta, sin remordimiento, las burdas defensas mediáticas y políticas de quienes están en entredicho por su inapropiada actuación, que incluso podría ser delictiva, y no se inmuta cuando un jefe de Gobierno, duramente cuestionado, se limita, hasta ahora, como único argumento ante las graves acusaciones de corrupción en su contra, a anunciar una comparecencia 20 días después de la ratificación judicial del escándalo, y a conceder una entrevista pactada en la que justifica su silencio ominoso con una lacónica apelación al respeto al Estado de derecho que no limpia una conducta que apesta por su falta de transparencia y que alarma a la ciudadanía, ante las revelaciones de quien hasta hace poco era uno de sus fieles escuderos.

(..) Resulta sorprendente la polarización de los medios de comunicación, en función del interés político o la facción a la que pertenezcan, olvidando (solo algunos lo recuerdan) el sagrado deber de informar a todos los ciudadanos, con objetividad e independencia. Así, resulta memorable el esfuerzo por eliminar a quien está colaborando con la justicia, denostándolo, sin más argumento que el de perjudicar al contrario, que en este caso es el pueblo como titular de la justicia.

Los análisis objetivos han muerto, solo las afirmaciones parciales sobreviven. La apelación al Estado de derecho es baldía cuando, previamente, se quebranta el mismo (cobro de sobresueldos, ocultación de cantidades al fisco, financiación ilegal de un partido político, aprovechamiento del cargo para percibir comisiones). ¿De qué Estado de derecho hablan? Quienes así se comportan, máxime si están en lo más alto de la Administración o de la justicia constitucional, no merecen la confianza de los ciudadanos, porque ellos son el principal peligro para la subsistencia del sistema democrático al haber quebrantado, sin complejos, y, aun peor, justificándolo, el juramento de entrega al servicio público y la defensa de los principios constitucionales que les obligan. Cuando así actúa, se deben pagar las consecuencias a todos los niveles, porque de lo contrario la credibilidad del sistema se arrastra por los suelos.

Este principio, tan arraigado en otras democracias, en la nuestra no vale ni como saldo de temporada, porque al final del día la línea entre lo ético y lo legal se difumina, dando paso a la arbitrariedad y lo delictivo. La corrupción afecta a las estructuras del Estado y genera desigualdad y empobrecimiento en los ciudadanos, convirtiéndose en el más grosero de los ataques a los derechos humanos, que solo justifican aquellos que se aprovechan y benefician de la misma. A pesar de esto, en España no se produce un clamor popular, por encima de las diferencias o planteamientos políticos, contra los que han roto el contrato con los ciudadanos, engañándolos. Lo de menos es que se llamen Bárcenas, Correa, Gürtel, ERE, Nóos o Palau de la Música, lo verdaderamente preocupante es que los hechos que motivaron esos casos se han producido y los últimos responsables se amparan en las inmunidades del miedo y la vergüenza y desprecian el respeto a la justicia, tratando de socavarla, incluso desde dentro.

El mutismo nos hace cómplices de esta situación. La falta de decisión política por parte de quienes están en el poder o los que ejercen oposición al mismo debe hacernos reaccionar. Todos, salvo contadas excepciones, han asumido una postura oportunista y precavida, o lo que es peor, condicionada a la propia acción de los perpetradores. La denuncia de un sistema esencialmente corrupto es necesaria, frente a la compra de conciencias adormecidas que justifican la impunidad de estas conductas.

No concibo que los votantes del Partido Popular, o de cualquier otro partido, ante el vendaval de suciedad esparcida por mil actos de
De sociedades corruptas; políticos corruptos
corrupción, que nos estallan en la cara día a día, continúen callados por el simple hecho de que quienes actúan inmoralmente son de su ideología
. La lucha frente a la corrupción no es una cuestión de ideología, sino una medida terapéutica, y por ende el abandono o renuncia, sin necesidad de dimitir, es una medida de regeneración democrática.

Conocer a través de lo publicado que altos cargos públicos mediaban ante el juez y con el imputado ilustre exsenador, por orden de otros cargos públicos o políticos; cómo exresponsables políticos realizaban la labor de “conseguidores” para doblegar voluntades en la justicia; cómo abogados sin ética profesional se han prestado a este aquelarre corrupto en el que se distribuían favores y prebendas a cambio de hundir los pies de la democracia en el fango más espeso, resulta insufrible. No es cuestión de ideología, sino de honestidad y de principios. No me importa, a estos efectos, que gobierne el Partido Popular, pero sí me ofende como ciudadano tener que oír hasta en el último confín del mundo comentarios críticos sobre España por el hecho de que el presidente y otros políticos continúen enrocados en su posición y no se marchen, sin necesidad de que nadie se lo pida. Y ni tan siquiera una explicación al pueblo…

En esta situación, resulta inaceptable que todavía, cuando millones de personas decentes claman por la limpieza y la transparencia, cuando la desigualdad social entre los españoles es cada vez mayor, cuando la crisis económica nos tortura, se siga orillando la realidad alarmante de la corrupción por el Gobierno, utilizando el manido argumento de que otros también son corruptos en Andalucía, Cataluña, Baleares, Murcia o Castilla y León, porque ese argumento solo reafirma la necesidad de que se vayan, sin necesidad de dimitir.
"

By Baltasar Garzón, ex-juez de la Audiencia Nacional y uno de los promotores de Convocatoria Cívica

ESPAÑA: Destino Tercer Mundo
"Las noticias menores a las que no se presta atención y que de hecho no causan alarma  suelen ser indicativas de la grave transformación que están sufriendo nuestras leyes a manos de un Gobierno que aplica su mayoría absoluta sin control, con arbitrariedad, sin rendir cuentas ni buscar consensos, exactamente como actúan las dictaduras.
Sí, la diferencia con éstas es que dentro de dos años y medio votaremos y podremos quitarnos a estos peligrosos gobernantes de encima. Eso será en la teoría, claro, porque de aquí a entonces no sabemos si el Gobierno, que domina el Parlamento y ahora también los Tribunales Constitucional y Supremo, a los que ha restado independencia y convertido en poco menos que títeres suyos, seguirá cambiando de tal modo las leyes que el resultado de las elecciones próximas esté predeterminado.
Estamos plenamente embarcados en el modelo de falsa democracia que ha regido Italia durante la época de Berlusconi o Venezuela durante la de Chávez, perpetuada por su patético imitador Maduro; Rusia durante la ya larga de Putin y Ecuador durante la de Correa, Hungría durante la de Orbán y Argentina durante la de los Kirchner. Al PP no le importa copiar a quienes declara sus adversarios, si de ellos aprende a mantenerse en el poder, a acallar voces contrarias, a difamar a los discrepantes (véanse las acusaciones indiscriminadas del Ministro de Hacienda a los colectivos o gremios que considera “críticos”) y a gobernar con cada vez menos garantías para los ciudadanos. 
Esas noticias menores a las que casi nadie hace caso son como la letra pequeña de los contratos: nadie la lee, pero es la que acaba por desahuciar a la gente, o por estafarla. De repente llegan unos policías y lo desalojan a uno de su casa. ¿Cómo puede ser?, se preguntan los semipropietarios perplejos, ¿cómo se ha llegado a esto? Lo mismo que quienes compraron preferentes o acciones sin enterarse y se encuentran de pronto desprovistos de sus ahorros. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo se ha llegado a esto? La respuesta es invariable: se llegó con las cosas que se pasaron por alto, con aquellas de las que nadie protestó, ni siquiera los partidos de la oposición, que andan todos en sus limbos sin atender a sus deberes."

Por donde Franco solía by Javier Marías

"Una ventaja de esta época sombría es que la desvergüenza de los que mandan se ha vuelto tan absoluta que ya no hacen falta especiales sutilezas para adivinar los propósitos de sus actos (...) liberarse de que exista una asignatura dedicada al estudio de la rectitud en los comportamientos privados y públicos les debe de parecer tan cómico como la idea de que los corruptos vayan a la cárcel, o de que los pobres tengan el mismo derecho a la educación que los ricos, o de que la salud sea un bien tan valioso y tan primordial para la dignidad humana que no se la puede degradar sometiéndola a las leyes del beneficio privado.

No hay nada que desenmascarar porque nadie pierde el tiempo ya en disimulos superfluos. Ladrones confesos de miles de millones de euros salen a la calle por esa otra célebre puerta por la que decían antes que escapaban al castigo los chorizos de medio pelo. Y si son condenados tampoco hay que alarmarse: vendrá un indulto oportuno, un tercer grado benévolo, porque en la cárcel sólo se quedan los pobres. Y nunca faltarán leales que reciban al ladrón liberado como un mártir de la causa, o de la patria.

La llegada del verano no ha menguado el flujo de la desvergüenza pública. Patriotas catalanes con una nómina de ladrones en sus filas ponían cara de integridad herida al exigir responsabilidades por los suyos al partido del Gobierno central. Los mismos que bloqueaban la aparición del presidente del Gobierno en el Parlamento español exigían investigaciones parlamentarias sobre la corrupción en el Parlamento andaluz. Dice Pascal que la noción de verdad o justicia cambia según el lado del río fronterizo en el que uno se encuentre. Los corruptos de un lado señalan acusadoramente a los ladrones del otro, y ya ni se fijan en que en el calor teatral de sus aspavientos todos muestran por igual semejantes vergüenzas.

Ya todo está a la vista. El ex ministro de Industria se coloca estupendamente en una de las opulentas empresas a las que benefició con ejemplar descaro cuando ejercía su cargo. Los mismos políticos madrileños que dedicaron sus mandatos a sabotear la sanidad pública cobran sin disimulo de las empresas que saquearán los despojos de la privatización.  
Nada menos que el presidente del Tribunal Constitucional es militante de cuota del partido que lo ha nombrado
Y no creo que haya en Europa otro ejemplo de un gobierno que dedica sus esfuerzos coordinados a desproteger el patrimonio y destruir precisamente aquellas riquezas educativas, empresariales, culturales y científicas que más podrían ayudarnos a corregir los errores económicos que nos han llevado al desastre. 

El sonriente ministro de Educación presenta una reforma que agravará la ignorancia, y que al reducir casi hasta la extinción las humanidades, señaladamente la ética y la historia de la filosofía, servirá para que cada vez haya menos ciudadanos críticos y más súbditos. Reduciendo ayudas al estudio y al mismo tiempo exigiendo másteres de pago se privatiza de hecho la enseñanza universitaria y se establecen diferencias en gran medida irreparables entre quienes carecen de medios y quienes pueden costearse las credenciales carísimas que facilitan el acceso a buenos puestos de trabajo. Las autoridades culturales y económicas se alían con éxito para estrangular del todo el teatro y el cine y perjudicar en lo posible una de las pocas industrias internacionales y competitivas que tenemos, que es la editorial. Y paso a paso se asfixia nada menos que uno de los logros más incontestables, más fértiles, más vitales de la democracia, el tejido de la investigación científica, que junto al patrimonio histórico y las industrias educativas y culturales —incluido el valor económico de la enseñanza del español— era lo más sólido y lo más prometedor que teníamos, nuestra mejor esperanza de una economía que no se basara tan calamitosamente como hasta ahora en la especulación inmobiliaria, y el turismo de masas. 

Todo ha estado mucho más claro este mes de julio, y lo estará más aún cada día, cada semana que pase. Gracias a las serviciales normas del Gobierno las compañías eléctricas no tendrán ni siquiera que preocuparse de la modestísima competencia que les harían esas personas cándidas empeñadas en instalarse unos paneles solares en el tejado o un molino eólico en el jardín. Quien paga manda. Se abandona a las librerías a su suerte y se suprimen las compras de libros y las suscripciones a revistas en las bibliotecas públicas, pero el presidente de la Comunidad de Madrid inaugura con pompa el almacén de Amazon. Instituciones científicas que han tardado décadas en alcanzar su pleno rendimiento irán a la ruina por los recortes del Gobierno, pero rebajas fiscales de centenares de millones de fondos públicos subvencionarán los casinos y los prostíbulos de Eurovegas. 

SPAIN: WEEPING AND PAIN
Y las transmisiones en directo de encierros y las multitudes internacionales de borrachos de los sanfermines aseguran el éxito global de la ya célebre marca España: probablemente en ningún otro país es más barato beber alcohol hasta perder el conocimiento, quemarse al sol y practicar el vandalismo. Casi cada día de julio, en la prensa extranjera, aparecían fotos de nuestro país: caras de acusados de corrupción saliendo de los juzgados, toros y juerguistas amontonados en Pamplona. Que viva España. 

Para esto hemos quedado. Los que puedan pagárselo aprenderán idiomas sin acento y obtendrán títulos en universidades y escuelas de negocios que les aseguren su posición de privilegio. Los que tengan talento pero carezcan de medios deberán aguantarse o irse. Gracias a la desprotección de los pocos tramos de costa todavía no arrasados más pronto o más temprano volverá a haber algunos empleos en la construcción, y, al menos mientras no acaben las convulsiones en los países musulmanes del Mediterráneo, seguirá habiendo trabajo temporal y no cualificado en la hostelería turística. Una nueva economía del conocimiento empezará a florecer pronto en las afueras de Alcorcón, en un ámbito laboral libre de molestias sindicales y hasta de leyes contra el tabaco: albañiles, camareros, croupieres, animadoras y guardas de seguridad de clubes de alterne, porteros de discoteca.
 La verdad es que a ninguno de ellos le hará falta haber estudiado ética, ni historia de la filosofía. Ni literatura, ni física, ni geografía, ni ortografía…"

TODO MUCHO MÁS CLARO by Antonio Muñoz Molina



Esencia de Mujer (Discurso Final)

lunes, 24 de junio de 2013

TODO LO QUE ERA SÓLIDO

Book-trailer
* "Qué lejos se nos queda ya el pasado de hace unos años. En algún momento cruzamos sin advertirlo la frontera hacia este tiempo de ahora y cuando nos dimos cuenta y quisimos mirar atrás para comprobar en qué punto habia sucedido el tránsito nos pareció asombroso habernos alejado tanto. Era cuando vivíamos en un país próspero y en un mundo estable imaginábamos que el futuro se parecería al presente y las cosas seguirían mejorando de manera gradual. Algunos expertos vaticinaban tranquilizadoramente una 'gradual desaceleración de la economía', un 'aterrizaje suave'. Un economista muy célebre y muy respetado escribió en enero de 2007 que en todo caso si la burbuja inmobiliaria, si existiera, se pincharía gradualmente. Si hubiésemos prestado algo más de atención a lo que sucedía y  a las metáforas que se utilizaban nos hubiésemos dado cuenta de que no hay manera de que se pinche gradualmente una burbuja.  
Pero necesitábamos imaginar que las cosas eran sólidas y podían ser tocadas y abarcadas sin desaparecer entre las manos, y que pisábamos la tierra firme. (...) Ahora nos damos cuenta de que había una especie de velo que impedía ver la realidad inmediata y presente, pero quizá eso sea propio de cualquier época en la que se vive en el interior de una burbuja económica. El dinero que llega no se sabe de dónde y se multiplica sin aparente esfuerzo y está disponible para ser gastado sin límite y por más que se gaste nunca se acaba, produce el efecto euforizante de la cocaina; como el oro y la plata llegando sin tasa de las indias en el siglo XVII. 
(...) Todo lo que era sólido se desvanece en el aire. Lo que recordamos es como si no hubiera existido. Lo que ahora nos parece retrospectívamente tan claro era invisible mientras sucedía. (...) Se podía ser cualquier cosa menos aguafiestas. Se era aguafiestas por cualquier motivo, todos imperdonables: por criticar los despliegues de gastos o por no mostrar el suficiente entusiasmo. Se era aguafiestas por indignarse contra la grosería de la televisión basura, incluso por hablar de televisión basura, por denunciar el efecto degradante que esa televisión ha tenido y sigue teniendo la vida española. Se era aguafiestas sin remisión si no se apoyaba la libertad de horario de los bares o se sugería el contrapunto de responsabilidad personal y sentido del deber que se corresponde con cualquier derecho en la sociedad democrática: el deber de estudiar para quien disfruta de la enseñanza pública, la responsabilidad de los padres en la educación de sus hijos, la de cualquier usuario de un servicio costeado por todos, la limpieza de las calles, la asistencia sanitaria, el transporte público. 
(...) "El lenguaje político -dice Orwell- está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdades y que sea respetable el crímen". Despinfarradores y ladrones vuelven a ser aclamados y elegidos por la misma ciudadanía a la que lleva decenios estafando. Al salir de los juzgados, los mayores sinvergüenzas de la vida pública se sumergen en una multitud de seguidores. Si vuelven a presentarse a unas elecciones volverán a ganarlas. Que los de fuera o los del otro bando se hayan atrevido a procesarlos o a encontrarlos culpables es una prueba de que son inocentes. Pedir responsabilidades a un individuo es insultar a una patria. Envuelto en la oportuna bandera un delincuente es un héroe. Además de la ventaja de la probable impunidad se obtiene el lujo de perpetuar el agravio, y por lo tanto el victimismo y la queja. Mientras los consejales de Cultura costeaban danzas folclóricas y fiestas bárbaras para el jolgorio de los borrachos, los de urbanismo recalificaban terrenos y escondían debajo del colchón los fajos de billetes de quinientos euros con que los constructores afines les pagaban los favores. Cualquiera que se atreviese a poner alguna objeción, porque las nuevas urbanizaciones eran ilegales o porque arrasaban espacios naturales protegidos, corría el peligro de ser linchado por una ciudadanía agradecida a sus benefactores. 
(...) Eligieron fomentar la pertenencia ciega y no la ciudananía electíva, la mitología y no el conocimiento histórico, el nacisirmo quejumbroso y necesitado siempre de halago y no de responsabilidad, el clientelismo y no la soberanía cívica, la grosería disfrazada de autenticidad y no la educación, la imagen y no la sustancia. Pasaron de las consignas ideológicas a los eslóganes de la publicidad electoral sin detenerse nunca en el libre pensamiento. Les fué mucho más cómodo y rentable alentar la fiesta que el esfuerzo, el espejismo que la realidad, el gran espectáculo de un día que el trabajo prolongado a lo largo del tiempo. Dejar que se degradara la educación o fomentar abiertamente la ignorancia les permitía difundir mentiras y leyendas.(...)  El sectarismo les aseguraba lealtades y adhesiones mucho más firmes que el asentimiento racional. El sectarismo político les ofrecía una división del mundo tan radical como las fronteras territoriales de sus identitades. Se trataba, se trata todavía , de ser de una raza o una tierra originaria, de ser de izquierdas o ser de derechas, con la misma furia con la que se era católico o protestante en las querras de religión del siglo XVI, tan íntegramente como se era cristiano viejo o hidalgo en la España de la Contrarreforma y de la limpieza de sangre. 
(...) Como la creencia es una variante de la religión cualquier cambio equivale a una apostasía, y cualquier muestra de templanza a una traición. La templanza es tibieza; el término medio equidistancia y cobardía. Y también en ese terreno queda anulado el debate. Cualquier crítica que venga de alguien que está en el otro lado o que parece sospechoso de cercanía hacia él no merece ningún crédito. (...) En el periodismo los hechos en sí son mucho menos relevantes que las opiniones, las cuales suelen corresponderse meticulosamente a las directrices de los partidos políticos. Llegar a un mínimo acuerdo operativo sobre la naturaleza de la realidad es tan imposible como encontrar posibilidades de colaboración para corregirla o mejorarla. (...) Cuentan a su favor con la falta de hábitos de deliberación democrática en la ciudadanía, y con la tradición de intransigencia de un país sometido durante siglos a la grutalidad política y al oscurantismo religioso. Cuentan con los incondicionales del sectarismo y el clientelismo, del arrimo ciego a lo que se designa como propio, sea una aldea o una ciudad o un territorio enaltecido como patria. 
(...) En treinta y tantos años de democracia de después de casi cuarenta años de dictadura no se ha hecho ninguna pedagogía democrática. La única manera de predicar la democracia es con el ejemplo, pero en España la mayoría de sus dirigentes políticos y sus propagandistas han predicado la greña, la violencia verbal, la irresponsabilidad personal y colectiva, el halago, la indulgencia hacia el robo, el victimismo, el narcisirmo, la paletería satisfecha, el odio, la grosería populista, el desprecio a las leyes. Han incumplido normas legales que ellos mismos aprobaban. Han declarado intocable un paisaje natural y a continuación no han hecho nada por impedir que un especulador inmobiliario protegido por ellos talara miles de árboles o desecara un humedad para conseguir viviendas de lujo y campos de golf. (...) Si una sentencia judicial no les ha favorecido han negado la legitimidad de los tribunales. Si una investigación policial ha dañado sus intereses o no ha dado los resultados que ellos deseaban han procurado desacreditar a la policía y en cuanto han recobrado el poder han castigado a quienes por cumplir con su deber profesional los incomodaban. Pero no habrían tenido tanto éxito en esa tarea si no hubieran contado con tantos cómplices  entre la clase periodística e intelectual que es la parte más visible de la opinión pública. 
(...) No todo es responsabilidad de la clase política. Que cada palo aguante su vela. Ellos han desmantelado la legalidad o la han ignorado para perseguir proyectos fantásticos y en un cierto número de casos además para robar y para favorecer a los ladrones; pero no habrían ido tan lejos sin la indiferencia, la claudicación o incluso la adhesión de sectores amplios de la ciudadanía, y menos aún sin la mezcla de negligencia profesional, militancia sectaria y disposición cortesana de una parte de los medios informativos. (...) el pánico español a distinguirse de lo mayoritario y a no contar con el cobijo del grupo, que es una de las razones de nuestra hipocresía civil. Periodistas y políticos llevan demasiado tiempo en España enredados en un parasitismo mútuo. Políticos campechanos participan en las tertulias innumerables que han colonizado los espacios que en otro tiempo pertenecieron a la información. 

(...)  Está bien visto agredir al contrario: alzar la voz más alto que nadie en el bramido común, en el caldo espeso de la fraternidad partidista, identitaria o tribal, que nunca se fortalezca más que en el impulso de embestir. El eje de la vida política española no es el debate educado en las formas y riguroso en las ideas, sino el mítin político, en que las formas son ásperas y brutales y las ideas no existen, o quedan reducidas a consignas o exabruptos, y el adversario al guiñapo de una caricatura. Entre unos y otros han reducido la libertad de expresión en un intercambio de improperios. (...) Es muy difícil llevar la contraria en España. Llevar la contraria no a los del partido o a los del bando contrario, sino a los que parecería que están en el lado de uno; llevar la contraria sin mirar a un lado y a otro antes de abrir la boca para asegurarse de que se cuenta con el apoyo de los que saben o creen que uno está a su favor, llevar la contraria a solas, a cuerpo limpio, diciendo educadamente lo que uno piensa que debe decir, lo que le apetece decir, lo que le parece indigno callar, sabiendo que se arriesga no a la reprobación segura de quienes no comparten sus ideas, sino el rechazo ofendido de los que lo consideraban uno de los suyos. (...) Es muy difícil no pertenecer a un grupo, a una tribu, a una patria, a lo que sea, con tal de que sea seguro y colectivo, de que ofrezca una protección incondicional, si bien al precio de abdicar del derecho al libre pensamiento: a cambiar de opinión, a no ajustarse a lo que se exige o se espera o se da por supuesto de uno, a no aprobar a todas y cada una de las cosas que hacen aquellos quede los que uno mismo se siente más cerca, a los que uno ha defendido, los que sin embargo no aceptarán que se aparte ni un milímetro de la ortodoxia que ellos mismos marcan. 
(...) Con frecuencia me ha entristecido volver, y me he marchado con alivio: de mi ciudad natal, de mi país. Ya se que es  un sacrilegio decirlo.  He querido estar lejos, poner tierra de por medio para escaparme de lo que me agobiaba o me indignaba o me daba miedo. No creo que las personas tengan que estar atadas a sus territorios de origen. Hay quien desea quedarse igual que hay quien desea irse y las dos actitudes merecen respeto. Al que quiera quedarse es delito expulsarlo, o hacerle la vida difícil que no le quede más remedio que intentar el destierro. Al que quiere irse no es lícito cerrarle la frontera ni llamarle desertor. En España se ha alimentado a conciencia el sedentarismo satisfecho. Quedarse en la tierra era mantenerse fiel a las raíces. Irse tiene algo de traición. En otro tiempo era respetable la idea de irse para hacerse una nueva vida, para buscar fortuna, para ver mundo, para adquirir esa libertad que sólo se disfruta entre desconocidos. Ahora que el orgullo de lo originario se ha convertido en una ideología unánime salir fuera sirve sobre todo para confirmar la superioridad de lo propio. El que se ha ido y no regresa de inmediato se vuelve rápidamente sospechoso de arrogancia. Cuando vuelve  le dicen , como se suele decir tantas veces en España, 'como se vive aquí no se vive en ninguna parte', habrá de tener cuidado en argumentar que hay muchas otras partes en las que también se vive así de bien, o incluso mejor, y que comparar unos lugares con otros es una forma útil de celebrar valores como de advertir deficiencias. 

(...) Volví por última vez a principios del verano del 2012. Todo lo que era sólido ya se estaba disolviendo en el aire. La Europa que imaginábamos firme y bien armada y hasta aburrida en la somnolencia de la prosperidad y del bienestar resultaba tan fácil de desmoronar como un castillo de arena. Para bien o para mal lo que parecía más sólido deja de existir. No está el mañana ni el ayer escrito, dice el poema de Antonio Machado. Los que nacimos en un mundo y nos hicimos adultos en otro sabemos, porque lo hemos experimentado en nuestras propias vidas, que no hay destinos fijados de antemano. Nacimos en un país aislado y rural en el que más de veinte años después del final de la guerra aún duraba la postguerra y nos hicimos plenamente adultos en otro que ya pertenecía al primer mundo y que estaba a punto de integrarse en la Unión Europea. En mi adolescencia cuadrillas de jornaleros con camisas blancas segaban el trigo con hoces igual que en la Edad Media. (...) Los que conocimos el mundo anterior tenemos la obligación de contar cómo era: no sólo para que se nos admire o se nos compadezca por las escaseces que sufrimos, sino para que los que han venido después y lo han dado todo por supuesto sepan que no existió siempre, que costó mucho crearlo, que perderlo puede ser infinitamente más fácil que ganarlo. Y que si nos importa de verdad tenemos que comprometernos para defenderlo y mantenerlo.

(...) Lo que no existía y casi no se imaginaba puede hacerse real. Lo que hoy es más indiscutible y más sólido y nos importa más, mañana puede haberse desmoronado o puede haber sucumbido a un desguace motivado por intereses económicos o designios políticos, o simplemente porque no hubo un número suficiente de personas capaces que tuvieran el coraje de defenderlo. (...) Construir algo valioso, una mesa, un edificio, un sistema sanitario, una democracia, cuesta mucho esfuerzo, mucho tiempo, mucho talento, mucha paciencia; incluso puede resultar tedioso, y además ingrato para quienes hacen el esfuerzo y rara vez reciben una recompensa a la altura de lo que merecían. Destruir es rápido y no cuesta prácticamente nada. Una secuoya tarda milenios en crecer y puede ser talada con sierras eléctricas en pocas horas. Un bosque centenario no tiene ninguna defensa contra la gasolina de un pirómano, contra la inconsciencia de un imbécil que decide cocinar una  paella al aire libre en un día de viento. La gran cultura burguesa y judía que se había ido creando en el corazón de Europa desde la Ilustración fue arrasada por los nazis y por sus aliados en el curso de unos pocos años.

(...) Lo inaudito puede siempre suceder. Lo que parecía inimaginable porque era infernal se convierte en cotidiano. De un día para otro un país civilizado y desarrollado puede hundirse en la barbarie. Nadie creía a mediados de enero de 1933 que en un par de semanas Hitler pudiera ser nombrado canciller de Alemania ni que tan sólo unos meses más tarde los nazis fueran a ostentar el poder  absoluto. (...) No estamos condenados a lo peor, ni el pasado nos ata a un porvenir inevitable, pero tampoco hay ninguna garantía de que durará lo bueno que hemos logrado, o de que no se volverá insufrible lo que por ahora toleramos sin mucha dificultad, o de que no añoraremos lo que por haber formado parte de la vida diaria nos resultaba indiferente, y hasta invisible. (...) En el momento en que por desgana o por cobardía o por comodidad o por negligencia la libertad de expresión deja de ejercerse, ya se ha empezado a perder. Si se descuida o se debilita el imperio de la ley vendrán las mafias y las patrullas de vigilantes armados a invadir el territorio de la vida civil. Si el estado democrático renuncia al sostenimiento de la legalidad igualadoras, los débiles se quedan a merced de los fuertes, y los bárbaros o los brutos o los corruptos prevalecen sobre las personas honradas, las personas que por ser pacíficas carecen de recursos o de agresividad para defenderse por su cuenta. Cuando el debate degenera en griterío las voces templadas son las primeras en dejar de escucharse: primero porque las tapa el volumen de los que hablan a gritos; después porque desisten; en el último caso, porque las silencian mediante el anatema y la censura.                                                                                                                                                                  
(...) Todo lo que no se transmite a conciencia se pierde en el paso de una generación a otra. Lo que existió durante siglos desaparece en el curso de unos pocos años. Todo cambia muy rápido y muy poco tiempo después ya nadie recuerda cómo eran antes las cosas, y por lo tanto cree que han sido siempre así y que por sí solas se mantendrán invariables. Lo que ha sido parte de la conciencia común deja de existir y se convierte en referencias crípticas que nadie descifra. (...) Esta bien haber nacido en libertad y disfrutar de ella como un hábito indiscutible, como la salud o el aire. Pero la salud se pierde en cuanto se descuida o en cuanto sobreviene sin aviso una enfermedad y la respiración se vuelve un lujo para el asmático, y ni el aire ni el agua son dones incondicionales o ilimitados. No hay más que un paso del hábito a la inconsciencia, de la inconsciencia al desdén. En un plazo prodigiosamente breve los españoles pasamos de la dictadura a la democracia, de la pobreza a la abundancia, del aislamiento a los viajes internacionales. Quien pasó penurias para estudiar en la universidad, malviviendo en pensiones, alimentándose en comedores baratos, ahorrando al máximo para que la pobre asignación de una beca le durara todo un curso, cuando ha tenido hijos les ha dado una vida mejor de lo que él imaginó nunca y sin embargo muchas veces no se ha molestado en inculcarles el sentido de la responsabilidad ni el amor por el estudio

(...) De la necesidad de aprovecharlo todo se pasó en muchos casos a la costumbre caprichosa de desperdiciarlo todo. 
Personas que fueron criadas en la escasez y en la penitencia del trabajo han criado a sus hijos en el despilfarro. La misma generación que creció sin derechos quiso inventar un mundo en el que no parecían existir los deberes. De niños vivimos bajo un tirano decrépito y en un país gobernados por viejos; al hacerse mayores muchos de nosotros se han empeñado en prolongar una ficticia juventud y en halagar a los jóvenes en vez de ejercer con ellos la responsabilidad de ser adultos, la obligación de educar. Igual que se puso de moda ser al menos tan nacionalista como los nacionalistas también hubo que ser más joven como los jóvenes, y que imitar ridículamente las jergas juveniles para fingir que se estaba al día, que no se era un anticuado aguafiestas. 

(...) Nada importó demasiado mientras había dinero. Podíamos estar gobernados por incompetentes o por ladrones o por ignorantes, o por gente que reunía las tres cualidades a la vez: por mal que lo hicieran la economía prosperaba empujada por el doble espejismo del dinero barato y de la burbuja inmobiliaria; por mucho que robaran y por muchos parásitos a los que les permitieran chupar de la administración habia tanto dinero que seguía sobrando para casi todo. (...) No importaba destruir una playa virgen para levantar un hotel o una urbanización de lujo. No importaba la escasez inmemorial del agua para construir campos de golf. Nada importaba y nada parecía tener consecuencias. Quien iba a temer el castigo por una infracción urbanística si los responsables de vigilar el cumplimiento de las leyes eran los primeros que se las saltaban. (...) Fluía el dinero de los fondos europeos tan milagrosamente como unos siglos atrás el oro y la plata de las Indias. Por un segundo regalo de la Providencia nosotros lo que nos correspondía era gastarlo, y gastarlo sobre todo en lujos bien visibles, exáctamente igual que entonces, y en el mantenimiento de la Corte de de los Milagros de todos los aprovechados y los saqueadores de  la política.

(...) Nada importaba. La capiralidad de la corrupción puede infectar de cinismo a una sociedad entera: en cada ámbito de lo privado y lo público, cada corruptela agregando sus dosis de toxicidad a la atmósfera viciada que respira por igual todo el mundo, cada claudicación menor favoreciendo las de gran escala. Para obtener lo mismo una cátedra universitaria que un puesto de conserje no había que estar preparado, sino tener mejores conexiones. No hacía falta estudiar para aprobar un curso. La propia clase política y las celebridades de la televisión y los especuladores con éxito daban ejemplo: sin saber nada, incluso haciendo exhibición de la desvergüenza y la grosería, se puede uno hacer rico o famoso o escalar los puestos más altos del gobierno. Ni siquiera había que terminar la educación obligatoria; quien necesitaba un título de bachiller si se podía ganar más dinero en cualquier profesor trabajando como peón de arbañil; o como camarero ni siquiera hace falta aprender idiomas para entenderse con los turistas cuando ellos vienen por sí solos y a millones.

(...) En los últimos años me ha sorprendido que pudiera durar tanto el delirio. Me he sentido algunas veces como un peregrino en su patria, un forastero en su país. Amigos americanos que conocen España con ese amor entregado y lúcido que tal vez da sólo la extranjería me contaban una sensación semejante. Porque nos veían desde fuera pero también con cercanía, ellos han estado mejor situados que nosotros para calibrar lo que hemos ganado y lo que hemos perdido. Era un país, dicen, de gente pobre y bien educada, sumamente digna, con unas formas de cordialidad y cortesía que llamaban más la atención entre gente humilde. Nos han visto volvernos ricos, gritones y groseros. Y han visto con qué indiferencia general se ha recibido la destrucción de los paisajes naturales y de los pueblos, con qué descuido se arrasaba o se abandonaba lo admirable para sustituirlo con lo lujoso y vulgar.

(...) No está el mañana ni el ayer escrito. El fatalismo de que nada podrá arreglarse es tan infundado como el el optimismo de que las cosas buenas, porque parecen sólidas, vayan necesariamente a durar. Ningún futurólogo sabe nada del futuro. El punto en el que ya no hay vuelta atrás llega de pronto sin aviso. La seguridad de un barrio se deteriora imperceptiblemente, con delitos esporádicos, y de pronto, hay un día en el que las calles se han vuelto invivibles. La tensión política se agrava y cuando todo el mundo más o menos se había acostumbrado a una atmósfera de enfrentamiento verbal y violencia episódica, un sólo hecho lo trastorna todo y ha estallado un conflicto civil. (...) Hay que tener cuidado con aceptar distraídamente la normalidad porque puede que se descubra restrospectívamente que era una normalidad monstruosa. Lo que es impensable se vuelve común ; lo que es tan común que nadie se fija, un poco después se ha vuelto inaceptable.

(...) Nada es para siempre. Como ahora todo se ha vuelto incierto nos cuesta creer que el espejismo de la seguridad haya durado tanto. Durante los años de delirio pensaba que cuando llegara el forzoso despertar haría falta saber distinguir entre lo imprescindible y lo superfluo. (...) Hay lujos que ya no podemos permitirles. Durante demasiados años tendremos que seguir pagando las deudas que ellos contrajeron para costear esos delirios que siempre eran delirios de grandeza. Lo que se tiró en lo superfluo ahora nos falta en lo imprescindible.  Ahora despertamos a la fuerza, y descubrimos algo que se nos había olvidado. Somos pobres. Vamos a serlo más todavía y durante mucho tiempo. Éramos nuevos ricos y ahora resulta que somos nuevos pobres. No estamos en aquella Champions League que tanto el presidente Zapatero, ni en aquella mesa de los grandes poderes en la que el presidente Aznar se creyó que era un invitado y resultó que sólo era un comparsa. Somos pobres y estamos cargados de deudas.

(...) No son muchos los derechos irrenunciables de verdad, los demasiados valiosos como para dejarlos a merced de la codicia de los intereses privados o de las banderías políticas: la educación, la salud, la seguridad jurídica que ampara el ejercicio de las libertades y de la iniciativa personal. En la mayor parte del mundo esos derechos no existen. Incluso en Europa son bastante recientes. En nuestro país nos hemos acostumbrado tanto a ellos como si los hubiéramos tenido siempre, pero son tan nuevos que las personas de mi generación nos acordamos bien de carecer de ellos. Hasta lo que parece más natural es un privilegio inaudito: salir tranquilamente a la calle de día o de noche, sin miedo a ser secuestrado, asaltado, asesinado; o el derecho a poner un negocio con arreglo a normas claras y seguras sin que lo incendie un competidor o lo incaute alguien del gobierno, o sin que la policía lo someta a extorsión, o a ponerse en huelga para defender  una mejora laboral, o protestar por un abuso o a dar por supuesto que un policía puede ayudarlo a uno y no atracarlo o pedirle dinero.

(...) Basta hablar con un amigo colombiano o venezolano para intuir lo que significa no poder salir a la calle; caminar con él por Madrid o Nueva York y ver cómo se asombra de que no haya peligro, peligro crudo de morir. Todo eso nos parece muy sólido. No porque lo sea, sino porque siempre o durante mucho tiempo lo hemos visto así, y nuestra imaginación es muy limitada. Imaginamos si acaso un deterioro gradual, o pasajero, pero no un derrumbe definitivo. Pero las cosas  se deterioran poco a poco y de pronto, en vez de continuar en ese estado que se ha vuelto tolerable se hunden del todo, sin transición, sin aviso, como se hunde una casa que parecía detenida en una lenta ruina, como se derrumba un caballo reventado de cansancio. No se puede seguir reduciendo indefinidamente el presupuesto de justicia o de la educación, la paga de los policías, la dotación de los servicios de incendios, el número de camas o de turnos de médicos o de quirófanos en un hospital. Pasado un cierto punto ocurre el desastre y el deterioro deja de ser reversibles: muere un enfermo porque le retrasaron demasiado una operación, los policías están tan desmotivados o necesitados que se venden a la mafia, el fuego estalla y devora un bosque sin que nadie lo detenga, la escuela se vuelve inhabitable y sólo quedan en ella los niños a los que sus padres no pueden costear un colegio privado.
(...) Nada está a salvo. Nada valioso puede descuidarse ni durante un minuto. Los estudiosos del urbanismo se asombran ante lo fácilmente que se degradan las ciudades en cuanto hay un contratiempo económico o fallan los servicios públicos. Un barrio apacible en el que los vecinos se conocen de siempre y los niños van solos a la escuela y juegan en la calle puede convertirse en un campo de batalla entre bandas y en un foco desolado de tráfico de drogas. Una sociedad que parecía civilizada de disgrega en una barbarie de una guerra civil. Para que una ciudad funcione aceptablemente hace falta el acuerdo implícito y contínuo de miles o incluso de miles de personas; para que se convierta en un infierno sólo son necesarios unos pocos canallas, ni siquiera valerosos ni inteligentes, tan sólo lo bastante lerdos como para dejarse intoxicar por una ideología mesiánica y lo bastante afortunados como para llevar a cabo un tosco plan de destrucción.
(...) Hemos vivido descuidados de los actos y enfermos de palabras, más atentos a su sonido que a su correspondencia con la realidad, lo cual quizás es propio de un país dominado durante siglos por teólogos, predicadores, leguleyos, y damagogos, por oradores que hechizaban con torrentes de palabrería, por histriones subidos en púlpitos de iglesia, en mesas de conferencias, en tablados de mítines. Las palabras han alimentado el delirio, y al mismo tiempo, bajo su cacofonía, la realidad de lo que estaba sucediendo: el robo generalizado, el ensanchamiento de la brecha entre los pobres y los ricos, entre los beneficiarios de una educación de calidad y los destinados a la ignorancia y el atraso.

(...) Yo querría que mis hijos y las personas que ellos amen no vivan peor de lo que he vivido yo, no tengan menos oportunidades, no respiren un aire más envenenado, no tengan que trabajar como esclavos ni que competir sin compasión, ni que protegerse detrás de puertas brindadas y de altos muros de cemento, ni que vivir angustiados por el miedo a una enfermedad de la que no puedan curarse ni a tratamientos médicos que no puedan pagar. Me gustaría que pudieran seguir moviéndose por Europa sin ser detenidos en las fronteras ni que sufrir la angustia de los pasaportes y los visados; que no tengan que jurar lealtad a ningún tirano ni que alamar en medio de la multitud a ningún demagogo, ni que esconder sus pensamientos, ni que decir lo que no piensan.

(...) La economía está desmoronándose y sin embargo no cesa el antiguo hábito español de vivir fuera de la realidad,
de inventar discordias políticas para no mirarla de frente. Hemos mirado con demasiado tolerancia o demasiado distraídamente la incompetencia y la corrupción. Ha terminado el simulacro. Que la clase política española quiera seguir viviendo en él es una estafa que ya no podemos permitirles, que no podemos permitirnos. Hace falta una serena rebelión cívica que a la manera del movimiento americano por los derechos civiles utilize con inteligencia y astucia todos los recursos de las leyes y toda la fuerza de la movilización para rescatar los territorios de soberanía usurpados por la clase política. 
(...) Cada uno, casi en cada momento, tiene la potestad de hacer algo bien o de hacerlo mal, de ser grosero o mal educado,  de tirar al suelo una bolsa estrujada o una botella o una lata de refresco o depositarla en un cubo de basura, de dar un grito o de bajar la voz, de encolerizarse por una crítica o detenerse a comprobar si es justa. Durante demasiado tiempo, en los años del delirio, cualquier apelación a la virtud cívica o a los valores morales sonaba a antigualla reaccionario y provocaba el escarnio. Cada acto humano provoca consecuencias, desata cadenas de otros actos que pueden hacer daño o beneficiar a las personas concretas.

(...) Dice Antonio Machado: Qué difícil es, cuando todo baja, no bajar también. En un ambiente donde la corrupción es normal es más fácil ser corrupto, y donde no reina la exigencia ni se reconoce el esfuerzo, costará mucho más que alguien dé lo mejor de sí, o incluso que descubra sus mejores cualidades. Pero lo contrario también es cierto, y la excelencia puede ser emulada igual que la mediocridad, y la buena educación se contagia igual que la grosería. Por eso importa tanto lo que uno hace en el ámbito de su propia vida, en la zona de irradiación directa de su comportamiento, no en el mundo gaseoso y fácilmente embustero de la palabrería. 

Que cada uno haga su trabajo, decía Camus. Que cada uno decida ser un ciudadano adulto en vez de un hooligan o un siervo del líder  o un niño grande y caprichoso, o un adolescente enclaustrado en su narcisismo. El estudiante que estudie, y si no quere que aprenda un buen oficio. El profesor que enseñe; el padre y la madre, que sean padre y madre y no aspirantes a colegas o halagadores permanentes de sus niños. Ya no podemos permitirnos el lujo de hacerles creer que el mundo es una guardería, o un parque de atracciones: es muy probable que vayan a tener vidas más difíciles que las nuestras , y necesitarán mucha preparación y mucho temple moral para salir adelante."

* Pasajes entresacados de Todo Lo Que Era Sólido de Antonio Muñoz Molina